Hermana muerte en el Blog de CiJ

«Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal». ¿Hermana muerte? Pero… ¿De qué boca puede salir semejante afirmación? Es un dueto de palabras sin retórica, sencillo y directo. No es el binomio de un sabio, porque para el santo italiano el saber era una fuente de orgullo y dominación; tampoco son las de un poeta al que acuden los pajarillos a comer de su mano… Son las de un seguidor de Cristo, ciego y herido, que habitaba en una humilde celda hecha de esteras pero que rebosaba de alegría en medio de tanta tribulación

Imaginémonos que, en nuestras ocasiones de dolor —ese rasero que nos iguala a todos y que contiene dinámicas proféticas si sabemos acogerlo—, compusiéramos una alabanza que pudiera ser compartida y cantada en una plaza, o en TikTok, o en alguna de esas redes sociales con ánimo de divulgación, como hizo Francisco al emplear el italiano, el habla vulgar frente al latín. El poverello, en su ceguera, vio que el sol era un regalo de Dios, y que por tanto la vida es don, gratuidad y agradecimiento. Mientras tanto, todos nosotros andamos bien adentrados en otra ceguera de scroll infinito, vídeo tras vídeo, intoxicados de noticias que son más escándalo de infrahumanidad que simples noticias; estando la humanidad operando fuera de los márgenes seguros para la vida en la Tierra, ya somos incapaces de nombrar los árboles que nos encontramos a nuestro paso mientras caminamos sobre un planeta que gime y llora nuestro maltrato

¿Qué vale la pena ser alabado hoy en día? ¿Y desde qué fragilidad escribir esa nueva alabanza? San Francisco nos invita a seguir convocando presencias, nos invita al canto, a que vivir sea vivir dentro de un poema en polifonía con el otro, a cuidar y vincularse en un mundo que se angustia por su propio colapso ecológico. Podemos abrir los oídos al Canto de las criaturasel último cuaderno de CJ está lleno de invitaciones, y vale la pena escucharlo como un aria que invita a la conversión ecológica en medio de las melodías depredadoras que matan la tierra y a los pobres que en ella habitan.   

¿Quedan lectores capaces de suscribir tamaña fraternidad? ¿Quedan oídos sensibles a este canto ahora que vivimos en un mundo en que cada uno parece ser responsable de su propio sufrimiento? ¿Y cómo de preparadas tenemos nuestras gargantas para entonar la nota justa? Una sociedad que nos aboca más a terapias personales y menos a repuestas colectivas —la famosa frase de Rendueles: «usted no necesita un psicólogo sino un sindicato»—; una sociedad que puja por nuestra atención porque de ella se extrae beneficio. ¿Qué espacio queda para esta filigrana de vínculos que nos regala el Cántico y que tan bien señala el cuaderno? 

Víctor Herrero, el autor del cuaderno, elogia la levedad como una de las cualidades del poema. ¿A qué le quita peso san Francisco para invitarnos a su danza profética? Italo Calvino se la quitaba a «las figuras humanas, los cuerpos celestes, las ciudades»; trataba de quitarle peso «a la estructura del relato y al lenguaje». Francisco, leemos en el cuaderno, se hace permeable a lo que le rodea con sobriedad y atención. Allí donde Calvino ve «cuerpos celestes» (el sol y la luna, siempre suspensa, leve y en calmo hechizo), el de Asís ve hermanos, pues para Francisco vivir es leer e interpretar y el mundo es un mensaje tocado por la gracia de Dios. Lo real es una señal, y su canto asciende como un camino que nos conduce hasta una meta sacramental. Humildad, pobreza y levedad para construir otra narrativa, fraterna y llena de vida.  

El autor escribe que «el mundo no se posee, se contempla; no se explota, se cuida; no se domina, se bendice», y nos señala que este canto es, paradójicamente, brújula y meta al mismo tiempo. Consideren este cuaderno como una invitación a guardar en el corazón, a resguardar esa brújula y esa meta. Y, como en un coro, podemos ir tejiendo frases juntos, respondiendo al otro, en relación con el otro, huyendo del soniquete, de las expresiones hechas («las cosas son así, pobres ha habido siempre, el ser humano no tiene remedio…»), acercándonos a la forma del poema que construimos juntos, timbrando la voz, respirando con conciencia, bajando egos e intensidades innecesarias pero sin perder vigor en nuestra alabanza, conectándonos… 

Quizás podríamos empezar así: «Alabado el compasivo, el que no juzga, el que no condena y sí perdona y da…». Y no sé bien cómo seguir, ni puedo, porque la polifonía requiere espacios comunitarios, afinarse juntos, corporal y mentalmente. Si nos juntamos después de haber leído el cuaderno, seguro que nos sale algo hermoso.

Texto publicado en el blog de CiJ